MÚSICA CLÁSICA
Cuando escucho el suave jadeo
d la viola da gamba
recupero una antigua calma
q me viene no sé d donde,
reposando en el dulce florilegio
d una melodiosa flauta
q en íntima melancolía
aqieta la efervescencia d mis lágrimas;
xq vuelvo a los senderos
d un mundo q es el mío.
Allí dejé los amigos q hoy no tengo
y q busco con la fiebre d un reencuentro;
las caricias viscerales del fagot,
la vocinglería cristalina del violín,
la frisa blanca, el terciopelo carmín.
Ellos siempre tienen (como mis perros)
la alegría bien dispuesta para mí.
Ellos se cuelgan d mi alma y d mis brazos
para brindarme sus sinceros abrazos
q todo lo demás me niega.
Sólo Telermann, Satie, Corelli, Filisdore
pueden sumirme en congoja d añoranza
q ni mi amiga la muerte me brinda;
xq los extraño pues sé q los conozco
aunqe d ellos nada recuerdo.
Sin embargo sus manos me guían
a la casa d los desconsuelos
donde cicatrizan x un rato
las heridas d mi espíritu;
donde el llanto contenido se hace tarareo
y uno puede oler el anestésico perfume
d las flores fonomorfas
q brotan d los bruñidos instrumentos.
La casa d la resignación
a ésta altura d mi vida
seguro será la morada
en q esperaré el turno indicado
para volver al viejo camino
del q me aparté en un atajo
q me trajo a éste tiempo eqivocado,
xq no se puede vivir otra época q la propia,
ni se puede apurar a una eternidad acrónica.
(28/7/2006 - 17:20)
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